Aquellos maravillosos e interminables veranos de la infancia (II)

Poco a poco va llegando el final del verano y con ello la vuelta a la rutina, el trabajo/estudios, gimnasio, responsabilidades y un largo etcétera de obligaciones que nos acompañan durante el resto del año. El tiempo pasa cada vez más rápido y todavía no nos podemos creer que nuestras queridas vacaciones, con todo lo que habíamos esperado para tenerlas y lo bien que las habíamos preparado, hayan quedado ya como parte del pasado.

El final de vacaciones y la vuelta al cole en nuestra infancia de los 80 y 90 siempre fue un momento agridulce, y lo cierto es que recuerdo aquellas épocas con una sensación extraña que, estoy seguro, es un sentimiento compartido por muchos de vosotros.

Por un lado, ningún niño quería volver al cole. Las vacaciones de verano (que por entonces duraban sus buenos tres meses) eran realmente el sueño de todos nosotros. Tres meses enteros para no hacer nada, dedicados completamente a quedar con nuestros amigos, bañarnos en la piscina, ver los dibujos por televisión, jugar al ordenador o consola quien los tuviera y bueno, a vaguear. El único contacto que teníamos con el colegio eran los temidos cuadernillos de vacaciones Santillana, unos clásicos de la época y que se debían convertir en best sellers cuando llegaba el verano.

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Aquellos veranos eran realmente interminables. Los días parecían detenerse y nos daba tiempo a hacer todo lo que queríamos. Todo lo contrario a lo que sucede ahora, que el tiempo vuela y las vacaciones se nos pasan en un abrir y cerrar de ojos, casi sin tener la oportunidad de disfrutarlas.

Era precisamente esa sensación de lentitud y también, en muchos casos, el aburrimiento (seamos sinceros), lo que hacía que el fin de agosto y la entrada de septiembre nos hiciese tener ciertas ganas de comenzar de nuevo el colegio.

Por supuesto que no era el hecho de ir a aprender o ver a los profesores lo que a la mayoría de niños impulsaba a querer comenzar de nuevo las clases, sino el reencontrarnos con nuestros amigos y compañeros que no habíamos visto en todo el verano (recuerdo que parecía que todo el mundo cambiaba una barbaridad durante las vacaciones de verano), comentar con ellos  lo que nos había pasado durante esos meses (que en la mayor parte de ocasiones no era nada, pero nos parecía todo un mundo), comprarnos y estrenar las cosas del nuevo curso (¿nadie recuerda el olor de las pinturas recién abiertas) y, en definitiva, volver a nuestra pequeña rutina.

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En el otro extremo estaba el tener que aguantar de nuevo a los profesores, aquellos cursos en que nos tocaba en una clase o grupo nuevo y no conocías a nadie (la sensación de entrar nuevo a una clase era una de las peores sensaciones que se podían tener), las asignaturas con materias nuevas que no entendíamos, el madrugar, etc, pero en definitiva las cosas buenas superaban con creces a las tediosas.

Ah! y, por supuesto, lo que no faltaba ningún año cuando finalizaba el verano era Verano Azul y su mítica escena de “¡Chanquete ha muerto!

 

Aquellos maravillosos e interminables veranos de la infancia (I)

 

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