Los 5 juegos de mesa más populares de los 80 y 90 (I)

Hotel

Hotel

Un gran juego lanzado en el año 1986 por MB y cuya temática era muy similar al Monopoly aunque, para el gusto de muchos jugadores, mucho más divertido. Al igual que en aquél, el objetivo es comprar terrenos y construir hoteles para que el resto de jugadores cayeran en ellos y tuviesen que pagar la correspondiente estancia.

Aunque la forma de juego podía ser similar al Monopoly, el tablero era mucho más colorido, teniendo asimismo edificios de cartón más grandes y “realistas” que simulaban a los hoteles.

A finales de los 90 MB lo retiró del mercado, aunque hoy en día es posible volverlo a comprar por medio de la juguetera Asmodeé que ha lanzado, previo pago de licencia, la versión Hotel Tycoon, prácticamente igual pero con otro estilo más moderno (y con materiales de bastante peor calidad que el original).

Ahorcado

Ahorcado

Uno de los más básicos pero más legendarios juegos de mesa, también producido por la multinacional MB. Se trataba simplemente de la traslación del clásico juego al mundo de los juegos de mesa. La temática era la misma, si bien se incluían unas fichas con letras pintadas y dos tableros para que cada jugador fuese colocando dichas letras. Por supuesto, tenía un mecanismo para simular las diferentes fases del ahorcado.

Alerta Roja

Alerta Roja

Quizás no era uno de los más divertidos ni más populares, pero sin duda ocupó muchas de las estanterías o armarios donde se guardaban los juegos en los años 80 y 90. Fue producto de la española CEFA.

Uno de los pocos en los que “el mal” podía ganar. La misión del juego era atrapar un barril radioactivo antes de que explosionara. Para ello un jugador hacía de barril, pudiendo moverse por el tablero más o menos libremente y de forma invisible, si bien tenía que avisar de su situación cuando caía en determinadas casillas. Por otro lado el resto de participantes tenían que encontrar el barril utilizando determinados tipos de movimientos. El ganador era el que primero lo encontraba antes de que el barril explotase, siendo el vencedor en este último caso el jugador que manejaba el barril.

Tragabolas

Tragabolas

Quizás uno de los juegos más divertidos y preferidos de los niños de los 80 y 90. Producto también de MB, salió al mercado en Europa en 1978 y pronto se hizo tremendamente popular.

El mecanismo de juego era sencillo. En un cuadrilátero en donde había un  hipopótamo en cada lado, consistía en atrapar el máximo número de bolas que se tiraban en el tablero por parte de cada jugador, el cual se ayudaba de estos hipopótamos comedores de bolas.

Juego muy rápido, ruidoso y movido, ideal para los más pequeños en las tardes ociosas de fin de semana.

Party & Co

Party & Co

Lanzado por la española-holandesa Diset en 1993, este era un juego de mesa enfocado a un público más adulto que llegó a ser el juego español más vendido en el mundo.

La misión consistía en ganar una serie de retos divididos en colores diferentes, siendo el ganador aquel que gana todos los retos y, por lo tanto, se lleva las fichas de todos los colores. Permitía (y era muy recomendable) que cada grupo estuviera compuesto de varias personas, lo que le hacía un juego perfecto para disfrutarlo con grupos grandes de amigos o familiares.

A día de hoy este juego se sigue comercializando y, además, se han sacado multitud de versiones, muchas de ellas enfocadas a los niños.

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Dibujos que marcaron nuestra infancia en los 80 y 90 (I)

Los Trotamúsicos

Los Trotamúsicos fue una serie de animación española basada en el cuento Los músicos de Bremen de los hermanos Grimm, cuyo principal objetivo era promover los valores de la amistad y el respeto por los animales y la naturaleza.

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Se comenzaron a emitir en TVE-1 en el año 1989 y fue una serie bastante longeva, al perdurar hasta 1999, si bien únicamente se crearon 26 episodios que se emitieron entre 1989 y 1990. El resto fueron reposiciones, fundamentalmente en TVE-2.

La serie estaba protagonizada por cuatro animales, un gallo (Koki), un burro (Tonto), un perro (Lupo) y un gato (Burlón), cada uno con una personalidad diferente que, en el fondo, es lo que daba juego. Todos ellos provenían de un entorno difícil y problemático (por ejemplo el gallo Koki se escapó de su hogar justo antes de ser sacrificado o Tonto, que también huyo porque era maltratado por su dueño). Todos ellos fueron a parar fortuitamente a un caserón abandonado donde convivían y luchaban contra un grupo de ladrones.

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Por supuesto, estando ante trotamúsicos, la música jugaba un papel importante en la serie, ya que se compusieron melodías específicas asociadas a cada personaje (incluyendo los secundarios), así como una canción de comienzo (Los Cuatro Músicos de Bremen) y cierre del capítulo (Los Trotamúsicos).

El Gato Isidoro

La versión macarra de Gardield, el gato Isidoro, fue creada en 1973 como una tira cómica por George Gately en Estados Unidos y actualmente se sigue publicando en numerosos periódicos de aquel país.

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Sin embargo, todos lo recordamos por los dibujos animados que se emitieron en los 80 y 90 en los que se podían seguir las aventuras de este peculiar gato. Realmente se crearon dos series animadas distintas de Isidoro, la primera en 1980 emitida por la ABC que no llegó a España y que se centraba en la interacción del gato con dos perros. En 1984 se vendieron los derechos y se creó Isidoro y los Gatos Cadillac para Nickelodeon, que fue la serie se emitió en España con gran éxito por TVE-2 y en la que Isidoro adoptó la personalidad que le caracterizaba, gamberra, traviesa y divertida.

Si bien Garfield era un gato sedentario, pasivo e irónico, Isidoro adoptaba una actitud mucho más activa, traviesa y pícara, cuyas aventuras consistían normalmente en hacer travesuras (su preferida era robar botellas de leche) y, por supuesto, conquistar a su amada Sonia, que era la gata por la que todos los demás felinos suspiraban.

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Finalmente, la perla de la serie era su pegadiza canción (cada vez que escucho el nombre de Isidoro me viene a la mente) y su famoso estribillo “Isidoro es genial, es el rey de la ciudad. Nadie le puede igualar, tiene clase de verdad.”

La Hormiga Atómica

Estos dibujos animados son bastante anteriores a los años 80. De hecho, La Hormiga Atómica se creó por Hanna-Barbera en 1965 y se emitió por la cadena NBC dentro de un espacio denominado el Show de la Hormiga Atómica, en el cual se emitían también otros dibujos animados. Constó de 25 episodios y se dejó de emitir en 1968. En España se emitió por TVE-1 desde el año 1967 hasta prácticamente los años 90 en continuas reposiciones.

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En general eran unos dibujos de corte muy clásico, donde los buenos siempre ganaban por el hecho de defender el bien. Su protagonista, la Hormiga Atómica, tenía una fuerza extraordinaria y el poder de volar, capacidades que obtenía de la radiación atómica y que utilizaba en cada capítulo para luchar contra el mal encarnado en diferentes personajes.

En general, eran unos dibujos divertidos que entretenían bastante cuando éramos muy pequeños, pero que pronto dejaban de enganchar quizás debido a que, ya en los 80, se veían antiguos y con temática demasiado simple.

 

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Ya casi están aquí los Reyes Magos y con ellos los tan ansiados regalos para los niños y no tan niños. Reconozcámoslo, por mucho que se esté poniendo de moda y se vaya introduciendo la tradición de Papa Noel, los nacidos y criados en los años 80 y 90 siempre tendrán como referencia a sus majestades de Oriente.

Echemos la vista atrás, a los queridos años 80 y 90, a nuestra infancia y pre-adolescencia. Todos esperábamos ansiosos el mágico día de los Reyes Magos y, por supuesto, todos los niños de la época teníamos una serie de juguetes estrella que nos moríamos por que nos regalasen los Reyes.

Para recordar aquellos juguetes para los niños y niñas de los 80 y 90, hemos creado el siguiente listado:

Barco Pirata de Playmobil

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El sueño dorado de muchos de los niños de los 80 y 90 era tener el barco pirata de Playmobil. Si ya lograbas meterlo a una piscina y jugar podías morir tranquilo.

Mi Pequeño Pony

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Se puso muy de moda. Imprescindible el peine para cepillarle.

Scalextric

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Decir Scalextric es referirse al regalo estrella de muchas generaciones. Los había de todos los tamaños y tipos. El problema era el espacio para colocarlo.

Tente

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Un imán para los pequeños de los 80 y 90. La diversión y el entretenimiento durante horas estaba asegurado.

La casa de los Pinypon

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Estas curiosas figuras cabezonas eran muy apreciadas y si disponías de su casa podías invitar a todos tus amigos para jugar juntos.

Bicicleta BH

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¿Quién no soñó con tener una bicicleta BH? En la ciudad era un poco difícil tenerla pero era clave para las estancias en el pueblo.

Furby

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Curioso muñeco. A nuestras madres no le gustaba mucho el aspecto pero a nosotros nos encantaba.

Moto Feber Paris-Dakar

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Uno de aquellos juguetes inalcanzables. Por mucho que se pedía nunca llegaba.

El coche de Barbie

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Tener la Barbie era algo casi obligado. Que te trajeran el coche era un lujo.

Meccano

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Perfecto ejemplo de juguete didáctico, el cual ayudó a muchos niños y niñas a interesarse por la ingeniería.

 

Aquellos maravillosos e interminables veranos de la infancia (II)

Poco a poco va llegando el final del verano y con ello la vuelta a la rutina, el trabajo/estudios, gimnasio, responsabilidades y un largo etcétera de obligaciones que nos acompañan durante el resto del año. El tiempo pasa cada vez más rápido y todavía no nos podemos creer que nuestras queridas vacaciones, con todo lo que habíamos esperado para tenerlas y lo bien que las habíamos preparado, hayan quedado ya como parte del pasado.

El final de vacaciones y la vuelta al cole en nuestra infancia de los 80 y 90 siempre fue un momento agridulce, y lo cierto es que recuerdo aquellas épocas con una sensación extraña que, estoy seguro, es un sentimiento compartido por muchos de vosotros.

Por un lado, ningún niño quería volver al cole. Las vacaciones de verano (que por entonces duraban sus buenos tres meses) eran realmente el sueño de todos nosotros. Tres meses enteros para no hacer nada, dedicados completamente a quedar con nuestros amigos, bañarnos en la piscina, ver los dibujos por televisión, jugar al ordenador o consola quien los tuviera y bueno, a vaguear. El único contacto que teníamos con el colegio eran los temidos cuadernillos de vacaciones Santillana, unos clásicos de la época y que se debían convertir en best sellers cuando llegaba el verano.

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Aquellos veranos eran realmente interminables. Los días parecían detenerse y nos daba tiempo a hacer todo lo que queríamos. Todo lo contrario a lo que sucede ahora, que el tiempo vuela y las vacaciones se nos pasan en un abrir y cerrar de ojos, casi sin tener la oportunidad de disfrutarlas.

Era precisamente esa sensación de lentitud y también, en muchos casos, el aburrimiento (seamos sinceros), lo que hacía que el fin de agosto y la entrada de septiembre nos hiciese tener ciertas ganas de comenzar de nuevo el colegio.

Por supuesto que no era el hecho de ir a aprender o ver a los profesores lo que a la mayoría de niños impulsaba a querer comenzar de nuevo las clases, sino el reencontrarnos con nuestros amigos y compañeros que no habíamos visto en todo el verano (recuerdo que parecía que todo el mundo cambiaba una barbaridad durante las vacaciones de verano), comentar con ellos  lo que nos había pasado durante esos meses (que en la mayor parte de ocasiones no era nada, pero nos parecía todo un mundo), comprarnos y estrenar las cosas del nuevo curso (¿nadie recuerda el olor de las pinturas recién abiertas) y, en definitiva, volver a nuestra pequeña rutina.

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En el otro extremo estaba el tener que aguantar de nuevo a los profesores, aquellos cursos en que nos tocaba en una clase o grupo nuevo y no conocías a nadie (la sensación de entrar nuevo a una clase era una de las peores sensaciones que se podían tener), las asignaturas con materias nuevas que no entendíamos, el madrugar, etc, pero en definitiva las cosas buenas superaban con creces a las tediosas.

Ah! y, por supuesto, lo que no faltaba ningún año cuando finalizaba el verano era Verano Azul y su mítica escena de “¡Chanquete ha muerto!

 

 

 

Recordando a Oliver y Benji (Campeones)

Recuerdo la mítica Campeones como si fuese ayer. La emitían en Telecinco bien entrada la tarde,  sobre las ocho y media (sí, aunque parezca increíble la cadena amiga emitía dibujos a aquella hora). Cuando se empezaron a televisar estos dibujos en España (en 1990) ya habían pasado siete años desde que se estrenaron en su país natal, Japón, pero fue toda una revelación para los niños y jóvenes de la época y uno de los primeros fenómenos televisivos de aquellos años, marcando la infancia de muchos de nosotros ya nos gustara o no nos gustara el fútbol.

Ver la serie era todo un ritual. Como la emitían bastante tarde ya habíamos hecho los correspondiente deberes, jugado con los Playmobil o nos había dado tiempo a llegar de la actividad extraescolar que nos tocase. Por supuesto, ya habíamos merendado el pan con chocolate o foie gras de turno y ya sólo quedaba situarse delante del televisor y rezar para que ningún otro familiar mayor que tú quisiese ver otra cosa (muy posiblemente el telediario).

Tras los correspondientes anuncios, por fin se empezaba a oír la famosa cancioncilla de inicio del capítulo:

En los primeros capítulos todos queríamos ser como Oliver o Benji, cada uno tenía su favorito, lo cual provocaba más de una discusión con nuestros amigos porque en un principio eran personajes opuestos y enemigos, pero a medida que la serie fue avanzando la enemistad fue desapareciendo y con ello las discusiones con nuestros compañeros de juegos también. Poco a poco fueron surgiendo nuevos e interesantes personajes. ¿Quién no recuerda al aguerrido y traicionero Mark Lenders, al siempre moribundo Julian Ross, al “alegre” Roberto Sedinho o al bueno de Bruce Harper? Todos ellos tenían una cualidad especial que hacía que, con independencia de Oliver o Benji, tuviésemos nuestro personaje secundario favorito.

Cada capítulo era una mezcla de pasión y agonía. Aquellos segundos que duraban minutos, los campos de fútbol interminables y esféricos, los saltos en los que se elevaban a varios metros del césped, las lesiones de última hora, los chutes que parecerían ser gol pero que acababan estrellándose en el larguero, etc. Todo ello era impactante para los niños de aquellos años y realmente fue lo que, a mi juicio, contribuyó al éxito total de la serie en España y en gran parte de Sudamérica.

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Por supuesto, uno de los mejores momentos para todos nosotros era comentar al día siguiente en el colegio los mejores momentos del capítulo del día anterior. Nos pasábamos horas comentando jugadas y elaborando teorías sobre el devenir de la serie. No nos casábamos de hacerlo.

A Telecinco le fue bastante bien con Oliver y Benji. Los datos de audiencia se solían situar entre el 25% y el 30% de share, colocándose en muchas ocasiones como líder de su franja horaria por encima del Telediario de TVE. Sin duda, hoy en día un share del 30% sería descomunal, pero no hay que olvidar que en 1990 acababan de nacer Telecinco y Antena3.

¿Os gustaba Oliver y Benji?, ¿Sufríais tanto como yo cuando veíais pasar los minutos y Oliver no pasaba del centro del campo por mucho que corriera?, ¿Os ponía de mal humor que lo que parecía un gol seguro diese al poste?

Aquellos maravillosos e interminables veranos de la infancia (I)

Amigos nostálgicos, ahora que estamos plenamente sumergidos en el verano (muchos de vosotros disfrutando de unas merecidas vacaciones y otros trabajando), ¿recordáis aquellos maravillosos veranos de nuestra infancia en los años 80 o 90?

Recuerdo con gran añoranza aquellos últimos días de colegio, sobre mediados o finales de junio, cuando ya no teníamos clases por las tardes. Todos estábamos ilusionados porque sabíamos que las vacaciones estaban ya cerca. El ambiente que se respiraba era totalmente distinto, todo parecía ir más lento, el tiempo ya se comenzaba a detener, sabíamos que la meta de las vacaciones era ya inminente y que dentro de poco el aula se quedaría así:

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El último día de clase era, sin duda, el más especial de todo el año. La noche anterior era difícil dormir, al menos a mi me costaba. Me ponía nervioso y no podía dejar de dar vueltas en la cama. Cuando por fin amanecía y llegaba la hora de ir al colegio, los nervios no cesaban. El camino al colegio estaba lleno de interrogantes, planes y esperanzas. ¿Que podría hacer durante los tres meses siguientes?, ¿Se quedarían todo el verano en la ciudad mis amigos o se irían al pueblo?, ¿A qué y con quién podría jugar?, ¿Cuánto tiempo me llevaría hacer todos los deberes que la señorita nos había puesto?

Sólo con llegar al patio del colegio sabías que no era un día como el resto. Todos los niños estaban jugando, la campana de entrada ni siquiera sonaba y las filas que formábamos para entrar a clase eran inexistentes. Poco a poco te ibas encontrando a tus compañeros y amigos y todos te contaban sus planes para el verano. La mayoría se ibas al pueblo o a la playa, pero también quedaban algunos en la ciudad con los que poder jugar. Los cruces de los números de teléfono (por supuesto fijos – aquellas llamadas a los amigos en los 90 merecerían un post específico) eran habituales y las promesas de llamarse durante el verano para quedar también (aunque, a decir verdad, luego casi nunca nos solíamos ver en todo el verano).

Poco a poco se iba entrando al aula, aunque todos lo hacíamos con una sonrisa porque sabíamos que en ese día no se iba a dar clase. De hecho, el último día de clase era el único día del año que se permitía jugar en el aula y llevar algo de comer. Las patatas fritas, los gusanitos y la Coca-Cola no faltaban.

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La sensación de estar en clase comiendo y jugando era única e irrepetible y quizás fuera lo que hacía realmente especial ese último día de clase. Poco a poco se acababa la jornada de cole que, por cierto, siempre solíamos terminar antes de lo habitual. Los últimos minutos la profesora los aprovechaba para reiterar, una vez más, los deberes que teníamos que hacer para el verano y repartir los boletines de notas con los famosos positivos, negativos, NM (Necesita Mejorar) y PA (Progresa Adecuadamente).

Y, por fin, nos dejaban partir libres (unos más que otros, dependiendo de las notas) hacia nuestro interminable verano!

Nostálgicos, ¿Cómo era vuestro último día de clase?, ¿También hacíais fiesta?, ¿Os dejaban jugar en clase? ¡Compartamos experiencias!